Los fresnos de innobasque

Acaba de finalizar la semana de la ciencia… y la innovación. Cuando alguien me habla de innovación, innobasque, palancas… siempre me acuerdo de dos amiguitos que viven en el jardín. Tienen una historia ciertamente curiosa, llena de altibajos, vicisitudes, cambios de orientación y de ubicación… pero mejor les dejo a ellos mismos que os relaten sus peripecias.

“Mi nombre es fresno-haundi y tengo un hermanito que se llama fresno-txiki y ahora vivimos en Lekutxu, una casita a la que así llaman las personas que viven allí. Mis hermanos y yo llegamos hace tres inviernos dentro de un saquito de papel de seda junto a una felicitación de navidad que envió alguien que se llamaba “innobasque”. En realidad nadie nos había llamado y nuestra llegada fue recibida con cierto escepticismo. Un señor de barba blanca dijo algo así como: “… estos de innobasque confunden la innovación con hacer todo diferente y llamar la atención…”. Nos separaron de la tarjeta roja y nos depositaron en una esquina de la encimera de la cocina. Los casi dos meses siguientes permanecimos allí viendo una inacabable ida y venida de pucheros de pisto, vainas, porrusalda, potaje de garbanzos, ensaladas, salmón… y de repente el señor de barba blanca se acercó, abrió el saquito de seda y nos echó en un vaso de agua. Una sensación extraña se apoderó de nosotros, la humedad nos sacó de nuestro letargo y nos preparó para una nueva fase de nuestra existencia. El señor de barba blanca parecía haberse ilusionado con nosotros y durante los dos días que duró aquel baño nos mimaba, nos hablaba e incluso juraría que llegó a cantarnos… realmente parecía ilusionado.

Después nos sacó uno a uno del vaso, nos secó con cariño, nos separó en dos grupos y nos plantó. Cada grupo en un tiesto diferente. Durante los siguientes meses siguieron las atenciones, los riegos, los abonos, las buenas palabras y las canciones… A medida que pasaba el tiempo, los cánticos y las palabras bonitas fueron espaciándose. Los tiestos comenzaban a cubrirse de verdín y aunque mis hermanos y yo nos afanábamos en desarrollar unas incipientes raicillas para poder sujetar el futuro tallo… no acabábamos de mostrar señales de vida que pudieran ser detectadas por el señor de barba blanca. El desánimo cundió en él hasta que decidió terminar con el “experimento” y dedicar los recursos (tiestos y tierra) a otras plantas más productivas y tradicionales. Pero en el último momento y haciendo un esfuerzo sobre-fresnil, dos de mis hermanos y yo conseguimos sacar un micro tallo con una hojita fuera de la tierra, consiguiendo disuadir al señor de barba de sus propósitos. La noticia de nuestro “nacimiento” corrió como la pólvora por “Lekutxu” y la ilusión volvió aparecer en los ojos de sus habitantes. Limpiaron el verdín y reanudaron los riegos, las palabras bonitas y los cánticos con mayor brío si cabe.

Poco a poco nuestros tallos fueron creciendo y poblándose de nuevas hojitas hasta que alcanzamos un tamaño demasiado grande para convivir en el mismo tiesto, eso que los consultores llaman “recursos limitados”. O nos separaban en diferentes tiestos más grandes, con más tierra, más abono… más vida… o nos teníamos que enfrentar entre nosotros y pelearnos por los recursos disponibles o elegir a uno de nosotros y que el resto se inmolara para que el primero sobreviviera y así que todos sobreviviéramos en él. Difícil decisión!!! Pero la fortuna estuvo de nuestra parte y el señor de barba blanca decidió adoptar la primera opción y separarnos en varios tiestos, uno para cada uno. De los tres hermanos, dos nos adaptamos a la nueva situación y después de unos días de aclimatación seguimos dedicados en tallo y alma a nuestra tarea de crecer. El tercero, el benjamín de la familia, no soportó el cambio y poco a poco se fue marchitando hasta que terminó por desaparecer en una enorme caja que el señor de barba blanca llamó algo así como “compostera”.

Durante los siguientes meses nuestra tarea de crecer se convirtió en una lucha desigual: un día nos regaban y otros no, una semana nos abonaban y otras nos, a veces nos tiraba el viento, volcando el tiesto, y nos levantaban rápido y otras no… Esta interminable inconstancia en la atención hacia nosotros terminó por dejarnos cicatrices que deberemos soportar el resto de nuestra vida: perdimos varias veces la guía de crecimiento, esa ramita líder que tira hacia arriba y nos obliga a crecer; también las hojas más de una vez, esas que captan la energía que necesitamos para vivir… Lo cierto es que sobrevivimos como pudimos y con un aspecto ciertamente lamentable… pero seguimos adelante.

Un soleado día de primavera, el señor de barba blanca dijo algo así como: “… no podemos seguir con los fresnos de esta manera. Tenemos que conseguir que sean autónomos y no tengamos que preocuparnos de regarlos y abonarlos cada vez…”, y terminó con una palabra que nunca he conseguido entender muy bien: “sostenible”. Lo cierto es que decidieron plantarnos en el jardín y dejar que buscáramos en la naturaleza los recursos necesarios para auto-abastecernos o morir en el intento. “Fresno-txiki” y yo nos adaptamos a la nueva situación, arraigamos y seguimos creciendo y engordando el tronco… hasta que nuevos contratiempos, ajenos al señor de barba blanca y a nosotros mismos, aparecieron en el horizonte. Una plaga de pulgones y de hormigas pastoras, venidas de no se sabe dónde, decidió colonizar nuestras tiernas hojas y darse un festín con ellas. Aquello fue horrible… pero fue peor el remedio que la enfermedad, porque el señor de barba blanca, aunque con tan buena intención como desconocimiento, decidió erradicar a especies invasoras fumigándonos un fuerte insecticida que casi termina con todos nosotros, plaga y árbol incluidos. Yo tuve suerte y enseguida conseguí reponerme al incidente y seguir creciendo. Pero mi hermano quedó tan maltrecho que el señor de barba blanca decidió desplantarlo y ubicarlo en una gran maceta, a modo de cuarentena, y colocar en su lugar una nueva y prometedora magnolia… nuestros destinos se separaron. Después de unos cuantos meses en esa maceta, “fresno-txiki” consiguió rehacerse y lo volvieron a plantar en el jardín. Con tanto trajín había perdido una vez más la guía, pero nuevamente otra ramita secundaría ocupó su lugar.

Hoy en día, somos lo suficientemente fuertes como para no sucumbir a un ataque de los parásitos, pero el dominante viento del noroeste nos impide crecer de una forma armónica. Nuestras ramas de barlovento crecen menos y más endeblemente que las de sotavento. Tenemos una pinta un tanto innoble, ningún niño pintaría un árbol con nuestro aspecto ni tampoco este se corresponde con el que el señor de barba blanca nos había imaginado, pero seguimos a lo nuestro, creciendo, ensanchando las ramas y engordando el tronco mientras esperamos la llegada del final de invierno y la tradicional poda de formación con las que el señor de barba blanca intentará devolvernos la tan deseada simetría.”

Querido lector o lectora, si has conseguido terminar de leer el relato de “fresno-haundi” me atrevería a pedirte un nuevo favor. Vuelve a leer el texto pero cambiando algunas palabras de acuerdo al siguiente mini-diccionario:

fresno=proyecto de innovación
casita=compañía
señor de barba blanca=gerente
pisto, vainas, porrusalda, potaje de garbanzos, ensaladas, salmón=facturas, proyectos, albaranes, planos…
tiesto=departamento
plantas=proyectos
guía de crecimiento=jefe de proyecto de innovación

Al fin y al cabo… ¿quién dijo que la naturaleza y los fresnos son incapaces de innovar?

Fresno-txiki y yo cuando éramos freno-bebés

Fresno-txiki y yo cuando éramos freno-bebés

Fresno-Haundi con el señor de barba blanca

Fresno-Haundi con el señor de barba blanca

Freno-Txiki y el señor de barba blanca

Freno-Txiki y el señor de barba blanca

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6 respuestas a Los fresnos de innobasque

  1. Leda dijo:

    Eres Un CraK!!
    Un abrazo Leda

  2. aitoRR dijo:

    Muy fino, en tu línea….. realmente me has pillado de sorpresa…
    Un Abrazo.

  3. tximeleta dijo:

    Los fresnos son seres curiosos, verdad? Como la propia innovación… nunca sabes qué resultado va a tener tu esfuerzo, pero algo te dice que es necesario sembrar. No puedes ir a tontas y locas, pero tampoco encerrar en estrechos límites de crecimiento tu semilla. No es confortable ser jardinero, ni apostar por la innovación y por las personas.
    Por desgracia, hay gestores de siembra no siempre tienen paciencia para dejar que sus semillas evoluciones, ni inteligencia para entender que ese camino a veces te obligará a dar pasos en direcciones que previamente no estaban dibujadas. La naturaleza, como el ser humano, nos enseña a veces que hay más valor en el proceso que en el resultado en sí.
    Me alegro por tus fresnos: por su evolución y por el jardinero que les ha tocado.

    • Bakio dijo:

      De la historia de Fresno-Haundi se podrían sacar dos conclusiones. La primera, que tan bien y certeramente apuntas, se refiere al devenir y tribulaciones que sufren los proyectos de innovación y las personas que los impulsan. La segunda, no tan evidente pero que seguro que los chicos y chicas de Innobasque tuvieron en cuenta a la hora de elegir el tipo de semilla a incluir en aquel saquito de papel de seda, se refiere a la naturaleza del árbol en cuestión. Los árboles, como todos los seres vivos, tienen sus propias características. Algunos son altos, otros bajos, unos tienen una copa bien definida, otros tienen más aspecto de arbusto que de árbol… y la madera que compone sus estructuras también. Dos de esas características, dureza y flexibilidad, condicionan de forma directa su comportamiento frente a agentes externos: viento, lluvia… Algunas plantas, como los juncos y la tan denostada hierba de la pampa, resultan tan flexibles que no experimentan el más mínimo rubor para inclinarse cuando el viento dominante las azota, y sea cual sea la intensidad de éste siempre encuentran el ángulo adecuado para sobrevivir a sus embates; pero no disponen de la dureza suficiente como para alcanzar una altura reseñable. Otras plantas, como el ébano, árboles de una madera cuyo color es uno de los negros más intensos que se conocen, poseen una densidad muy alta (es una de las maderas que se hunden en el agua) y una gran dureza, pero una nula flexibilidad. Pueden llegar a alcanzar los 12 metros de altura y son capaces de hacer frente a la mayoría de los vientos existentes sin mostrar el más mínimo atisbo de movimiento… hasta que no aguantan más la tensión y se quiebran como una simple cerilla. Un tercer grupo, entre los que se encuentran los congéneres de Fresno-Haundi, cuentan con la flexibilidad suficiente como para soportar las inclemencias más salvajes, así como la dureza suficiente como para alcanzar el porte de un árbol que se precie. De hecho son este tipo de plantas las que proporcionan la madera adecuada para la construcción de los arcos como el de Robin Hood. Y son estas dos características, dureza y flexibilidad, las que también son imprescindibles para que el personal participante en un proyecto de innovación, especialmente en el caso del responsable del mismo, pueda llevar a cabo con éxito la labor encomendada.

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