Surf y superpetroleros … eso que llaman: “Vida en pareja” (I)

Durante las últimas semanas, dos personas, dos miembros “troncales” de mi cordada han dado un giro nuevo a sus vidas y se han decidido a compartir sus avatares, vicisitudes, alegrías, ilusiones y tribulaciones con otra persona. Eso que llaman “vida de pareja”. Todo ello junto a las calurosas tardes de verano, esas tardes que sólo invitan a buscar una buena sombra, un poco de agua fría y un buen libro… mientras esperamos que “Lorenzo” complete su recorrido y se esconda tras el horizonte y el frescor vespertino reactive nuestros ánimos y nuestros músculos… Me han empujado a dar unas cuantas vueltas a este tipo de relaciones y transformarlas en un nuevo post del “mundo de los pequeños”.

Creo que la naturaleza y la necesidad que mueven a las personas a este tipo de relaciones, no varían con el tiempo ni la edad, pero sí influyen en su planteamiento.

Cuando somos “más jóvenes” y las cicatrices del tiempo no han encontrado acomodo en nuestro rostro… nuestros sentimientos y nuestras reacciones se caracterizan por su visceralidad, su estridencia, su rotundidad y el derroche de energía a manos llenas. Cuando pienso en ello no puedo evitar recordar un “deporte-modo de vida” que desde mediados de los 60 se ha ido adueñando de nuestras playas y que ha conseguido que nombres como Mundaka, Bakio o Sopelana hayan encontrado acomodo y presencia en los mapas. Por aquel entonces, comenzaron a aparecer unos jóvenes melenudos, rubios y con ojos azules, que viajaban en desvencijadas furgonetas tipo DKW o Wolsvagen, que decían venir del otro lado del mundo, y que entre sus limitadas posesiones contaban con unas extrañas tablas que utilizaban para cabalgar sobre las olas y algunos, los más pudientes, un traje de neopreno… Había llegado el SURF. Varios son los asuntos que tienen en común el surf y los amoríos de juventud:

  • Cuando somos más jóvenes, nuestra mochila de vivencias-obligaciones-peajes-relaciones suele estar bastante vacía y ser poco voluminosa. No nos dificulta los movimientos y nos permite llevarla a la espalda mientras cabalgamos sobre las olas y vamos jugando en sus crestas haciendo giros y saltos imposibles. Si cometemos un error y caemos de nuestra tabla o de nuestra relación… no suele haber demasiado “impacto” ni daños “colaterales”, así que no tenemos más que volver a la superficie, buscar la tabla, subirnos a ella y buscar la siguiente ola. A veces la fuerza del mar hace que el “invento”, que asegura la tabla a nuestro tobillo, ceda y las olas la arrastren hasta la orilla. En estos casos no queda sino salir del agua, recuperar la tabla, arreglar el “invento” de forma más o menos “profesional” y volver al agua.

  • Cuando nos cansamos de tanto trajín “surfero” podemos salir hasta la orilla, dejar la tabla sobre la arena y descansar. Podemos dedicar un tiempo a “ver los toros desde la barrera” y observar cómo otros y otras evolucionan entre las olas o dar la espalda a la orilla y echarnos una siesta reparadora o tomarnos un refrigerio en el “chiringuito” más cercano. Hasta que recobremos las energías y las ganas de volver a enfundarnos el neopreno, demos un nuevo toque de parafina a la tabla y nos lancemos en pos de una nueva ola o una nueva relación.

  • Los surfistas esconden múltiples motivaciones que les llevan a acercarse al mundo del surf. Algunas personas encuentran en este deporte un pasatiempo más, que les permite disfrutar del momento, de cada ola. Eso que en el acervo popular llamamos : “ir de flor en flor”. Sin más pretensión que el placer instantáneo, sin más obligaciones ni con voluntad de encontrar “LA” ola, aquella que les permita una cabalgada larga, una relación duradera, puede que durante el resto de sus vidas. Otros buscan y cada ver que comienzan a surfear una ola nueva lo hacen con la convicción que esa puede ser “LA” ola, “SU” ola, “LA” relación, “SU” relación… Pero lo cierto es que pocas, muy pocas veces ocurre… pero hay quien lo ha conseguido… o eso dicen… Por último, hay un pequeño grupo de los que son exponentes aquellos jóvenes que trajeron el surf desde Australia, Sudáfrica o algún rincón del Pacífico Sur, que han encontrado en este deporte su filosofía de vida. Un “algo” que trasciende del mero deporte y los pasos de su existencia. No buscan el placer “inmediato” ni “instantáneo” de una ola, sí dan cabida a relaciones duraderas pero sin intención de que éstas llenen de cosas sus mochilas y que su creciente peso coarte su libertad, tal como ellos y ellas la entienden.

  • Una última semejanza nace en el carácter de la propia juventud. Las tablas son ligeras, rápidas y manejables. Las olas son impetuosas, enérgicas y se levantan mostrando sus penachos de espuma cuando comienzan a sentir el fondo al acercarse a la orilla. Nuestros músculos, nuestras rodillas, nuestros pulmones, nuestro corazón… nuestro cuerpo responde de forma instantánea y coordinada. El desafío de las olas, mientras nuestro cuerpo navega sobre la tabla, nos permite giros, saltos, tubos… Ejercicios y figuras atléticas que nos proporcionan emociones fuertes, luminosas, estridentes y a flor de piel. Relaciones viscerales que parecen elevarnos a la quinta esencia de la felicidad y la pasión y que la simple amenaza de su final puede hacernos sentir un desasosiego tal que promete cortar nuestra respiración para siempre… Romeo y Julieta lo entendieron así y se aplicaron el cuento al pie de la letra… Aunque también hay jóvenes que prefieren una “Longboard” a las “Shortboard” tal como nos explica Natxo:

… Las “Longboard” se las asocia también con lo que se conoce como Soul Surfing, o el surf más tranquilo, en el que el surfista se va con la ola, siguiendo su rompimiento y sin movimientos bruscos y frenéticos como los que se pueden hacer con las tablas cortas….”

Pero como dice el bueno de Pablo Milanés en su canción “Años”: “… el tiempo pasa y nos vamos poniendo viejos…” y nuestra mochila se va llenando de experiencias, amigos, amigas, novios, novias, maridos, esposas, hijos, hijas, créditos, hipotecas, contratos, personas dependientes, achaques de salud… y por qué no… nuestro propio acomodo, la necesidad de minimizar la incertidumbre y maximizar la, casi siempre falsa, sensación de seguridad. ¿Qué pasa entonces?… (Sigue->)

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