Surf+Miguelito+Orellana=Web 2.0 (I)

Cuando yo era más joven… mucho más joven… disfrutaba de aquellos veraneos colegiales de los años 70… aquéllos en los que abandonabas tu ciudad rumbo al pueblo y no volvías a pisar el asfalto hasta el día anterior al inicio del nuevo curso escolar. En mi caso, el destino era un pequeño pueblo de la costa bizkaitarra famoso por su txakoli, sus olas, su playa y contar en sus cercanías con uno de los enclaves más fascinantes, espectaculares, maravillosos y preciosos del universo y sus alrededores. Enclave, que a pesar de los pesares, hay que reconocer que pertenece, junto a la peña de Aketxe o Akatz, al vecino pueblo de Bermeo. Este pueblo también me ha prestado el nick o pseudónimo bajo el que me escondo en Internet: Bakio.

Y fue uno de aquellos días de verano cuando ocurrió. Uno de esos días en los que el viento sur se empeñaba en peinar las olas que llegaban a la playa, levantando sus flequillos a modo de penachos de plumas… Un día en el que el calor, la mar ordenada, las olas bien perfiladas y la energía propia de la juventud… nos llevaban a coger la tabla y a lanzarnos a cabalgar sobre las olas.
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Cada uno se apañaba con la tabla que tenía. Los más afortunados lucían bajo su brazo una estupenda tabla de surf y otros nos teníamos que conformar con unas pequeñas tablas de madera contrachapada que se hundían bajo nuestro peso y que iban a constituirse en un lejano ancestro de los actuales bodyboards. Lo cierto es que unos y otros llegábamos al mismo punto y competíamos por las mismas olas. Hoy en día, la liturgia del surf y la surf-urbanidad o surf-etiqueta deja bien clara la preferencia y el derecho del surfista a coger una ola en detrimento del resto… pero entonces imperaba la ley de la selva, la del más rápido, más decidido, más arriesgado… o más inconsciente.

Aquel día, yo estaba esperando mi siguiente ola y agarrado a mi pequeña tablita de madera. A mi lado un niño, de no más de 10 años, hacía lo mismo que yo pero sentado sobre una flamante y recién estrenada tabla de surf. Yo, con el agua al cuello, le vigilaba tímidamente por el rabillo del ojo y él, con el agua a la altura de la cintura y sacando el tronco de su cuerpo del mar, me observaba, de arriba hacia abajo, con una mirada a medio camino entre la soberbia y la superioridad… sabedor de que sus ojos estaban más de medio metro elevados sobre los míos. Aquella situación se mantuvo hasta que aquel surfer de “pacotilla” me dijo:

“Chaval, quita de aquí que te voy a hacer daño con la tabla…”

El agua estaba fría, pero notaba cómo el enojo que me provocaba semejante desplante y desprecio procedente de aquel “niñato” me calentaba la sangre y me empujaba a descabalgarle de su tabla y a sumergirle hasta que su mirada abandonara su soberbia, tornándose en otra a medio camino entre el pánico y el arrepentimiento. Pero nada de eso llegó a ocurrir. Le miré, con la mayor indiferencia que fui capaz de simular, y le sugerí que saliéramos hasta la orilla y fuera allí donde repitiera su “sugerencia”. Sabedor de que, pie a tierra, yo era el que disponía de la situación de privilegio de mirarle desde arriba, ya que yo ya contaba con alguna pelusilla que afeitar y de unos cuantos palmos más de altura que mi “contrincante”. Cogí la siguiente ola y no volví a verle más.

Aquel día aprendí dos cosas:

  • Me gustaba aquello de coger olas, pero no lo suficiente como para discutir cada ola con el “niñato” de turno. Así que dejé de hacerlo y dediqué mis energías a otros menesteres menos “belicosos”.

  • Pocas cosas hay en este mundo que puedan considerarse como verdades absolutas. Casi todo es relativo… nada es bueno o malo, grande o pequeño, blanco o negro… uno u otro en función del marco de actuación o referencia de cada momento y situación… Aquello del “color del cristal con el que se mire”. Dentro del agua él era el “mayor”,  pero en la orilla…

Durante el último año no pocas veces he recordado aquel “sucedido playero”. La mayoría de ellas en situaciones en las que estaba trabajando en proyectos de redes sociales, eso que llaman web 2.0, y pymes. Muchas veces confundimos el mundo real, el de los átomos, el de siempre, con el de las redes sociales. Dando a estas últimas un peso y un protagonismo incuestionable… incuestionable hasta que apagamos el ordenador y nos encontramos de nuevo en la orilla. Mis amigos Quino y Miguelito explican muy bien la realidad a la que me suelo enfrentar en este tipo de proyectos:

Miguelito_señor_gordo

Una pequeña empresa, Miguelito, va caminado tranquilamente por su día a día enfrascada en sus asuntos cotidianos cuando aparece alguien, como el señor gordo, que le dice algo así como:

“ Pero… ¿No tienes página de Facebook?
¿No tienes tienda de comercio electrónico?
¿Ni un triste Blog?
Pero si eso ya lo tiene todo el mundo!!!
y además es gratis!!!!!”

En un tono de esos que parece que hay que ser muy taradito para no ser feliz teniendo esas cosas… Y a Miguelito se le pone cara de tonto y piensa:

“Claro… si es que… ¿cómo me puedo quedar fuera de eso?… tengo que apuntarme pero YA!!!!”

Y el Miguelito de “turno” comienza a correr alocadamente y empieza a darse de alta en todos aquellos servicios 2.0 con los que se cruza: FaceBook, Twitter, Flickr, Pinterest, WordPress, Youtube, Foursquare, Vimeo, Google +, Linkedin… o cualquier otro… Se sienta satisfecho ante el monitor y observa su e-obra 2.0. ¡JA!. Van pasando los días y observa cómo los contadores de amigos, seguidores, fans… siguen sin moverse y se miden en unidades o decenas y se encuentran lejos de las mega-cifras soñadas, y esa satisfacción se va tornando en una mezcla de desilusión, desengaño y escepticismo a partes iguales… El teléfono y el correo electrónico permanecen mudos sin recibir contacto alguno desde el “ciberdespacio”. Aquello se parece más a una reunión celebrada en medio del Sahara o el desierto de Gobi que en Trafalgar Square o Times Square en Nochevieja… y se pregunta: ¿Dónde está la gente?¿JA qué?

Llegado a este punto, la mayoría de los Miguelitos optan por abandonar su desierto 2.0, renegando de las supuestas bondades de Internet y jurando no volver a intentarlo… siguen andando por la acera. Unos pocos, la gran minoría, siguen sentados en el pretil y dedican un tiempillo a intentar contestar al ¿JA qué? y averiguar el “por qué”, el “para qué” o el “cómo” usar todas esas herramientas 2.0.

Y para ello, lo primero que habría que averiguar es cuál es la situación actual de las redes sociales. Lejos de cantos de sirena, mesianismos y fanatismos… la pura y simple realidad. Sin ello nunca podríamos saber a qué atenernos… sería como jugar al fútbol en un campo tan embarrado que no se puede ver ninguna de las líneas que delimitan el campo, las áreas, líneas de gol… ¿estamos fuera o dentro del campo? ¿El portero ha hecho mano? ¿El gol es válido?… imposible saberlo.

Pero… cuál es esa realidad?

Llegado este punto siempre me acuerdo de América. Pero no la actual, esta América de la que nos llegan Obamas, Chavezes, ipods, ipads… Me refiero a aquella América posterior al descubrimiento. Una América de la que ya se sabía que no era una isla, tampoco la anhelada Zipango ni las tierras del Gran Kan… No se sabía quién vivía allí, qué montañas albergaba, qué ríos la atravesaban ni las riquezas que albergaba… (Sigue…)

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2 respuestas a Surf+Miguelito+Orellana=Web 2.0 (I)

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