Una deuda pendiente… Aotearoa (I)

La lista de asuntos que compartir con los habitantes del “mundo de los pequeños” cada vez es más grande y nutrida, tanto en el número como en la naturaleza de los temas a tratar pero… De un tiempo a esta parte, se han ido colando en la cabeza de la misma asuntos que han ido surgiendo a mi alrededor, bajo el estigma de la actualidad, como la crisis o las redes sociales, o bajo mi propia experiencia de vida, como las relaciones de pareja, las relaciones con otras personas, el mundo profesional en el que nos movemos o vivencias de otras personas, más o menos lejanas en el espacio y en el tiempo, y que me han servido de guía y orientación durante todos estos años.

Pero me siento cansado de tanta actualidad, tanta experiencia de vida, tanta reflexión personal y profesional… así que ha llegado el momento de cambiar radicalmente de tercio y saldar una deuda que contraje, ahora hace casi cinco años, con los habitantesBandera_NZ del país más alejado de nuestro querido “herrialde”. Un país que nos acogió a Elena y a mí durante un imborrable mes. Un imborrable mes que dedicamos a navegar por sus carreteras a lomos de un “caracolito”. Un barco con ruedas que nos albergó, nos transportó y veló nuestro sueño a lo largo de los más de 4.000 kilómetros que recorrimos por aquellos andurriales.

A aquel país, algunos, sus primeros colonizadores, lo llamaban Aoteaora y otros, los “recién llegados”, lo llaman Nueva Zelanda, Nueva Zelandia o New Zealand. Yo me quedo con la primera, que en la lengua maorí se traduciría algo así como: “tierra de la gran nube blanca”.

La mayoría de los países del mundo hunden sus raíces en la noche de los tiempos y acaban uniéndose en el largo viaje que unos pocos comenzaron en África, hace unos 50.000 años, y que les fue llevando, en un largo e incesante vagabundaje, a colonizar el resto de la tierra libre de hielos. Muchos de los lugares que fueron “domesticando” dieron lugar a países y naciones que cuentan, en sus libros de historia “oficial”, cómo surgieron y cómo se configuraron como tal: algunos producto de enfrentamientos con sus vecinos, otros de acuerdos matrimoniales, otros como consecuencia de luchas heroicas y grandes revoluciones, y también alguno, como mi querida Costa Rica, se encontró libre de la noche a la mañana cuando “una grande y libre” decidió dejarla a su merced sin grandes estridencias ni despechos.

Aoteaora fue un paraje deshabitado hasta bien entrado el 1.200 después de Cristo, uno de los últimos lugares en ser colonizados por el género humano. Un país que, a pesar de su juventud, recurre al mundo de las leyendas y los mitos para explicar sus orígenes, igual que lo hicieron los pueblos más antiguos y ancestrales de los que tenemos conocimiento. Pueblos como el egipcio, el sumerio, el maya, el azteca, el tehuelche, el polinesio, el cheyenne o los milenarios chino o japonés.

Los maoríes se refieren a la Isla Norte como Te Ika un Maui (el pez de Maui) y a la Isla Sur como Te wai pounamu (las aguas de piedra verde) o Te Waka o Aoraki (la canoa de Aoraki). Y es la canoa de este último la que da lugar al mito de la creación de Nueva Zelanda. Al igual que en otros casos, existen distintas variantes de la leyenda de Aoraki… esta es una de las que más me ha llamado la atención por su poesía, por su originalidad y puede que también por su punto de inocencia.

Los nietos del Padre Cielo se adentraron en el mar, en una de aquellas balsas que usaban los polinesios llamada Araiteuru, en busca de una nueva esposa para su abuelo. Después de una larga y complicada singladura, y durante una noche de tormenta infernal, la balsa zozobró y volcó, quedando “quilla arriba”. Los hombres queAoraki componían la expedición se izaron sobre el casco de su malograda embarcación y quedaron petrificados sobre la misma en el mismo instante en el que fueron iluminados por los primeros rayos del amanecer. El casco dio lugar a la mismísima Isla Sur y Aoraki (El que atraviesa las nubes), uno de los nietos del Cielo, que se había encaramado sobre los hombros de su abuelo, se convirtió en una gran montaña, la más alta, que conecta el Cielo y la Tierra… el Monte Cook.”

La leyenda también hace referencia a las canastas que emplearon para almacenar los víveres de la expedición, que cayeron al mar y quedaron varadas en un lugar de la recién creada Isla Sur, al que llamaron Matakea. Convirtiéndose en las ahora conocidas como Moeraki Boulders unas rocas casi perfectamente esféricas queMoeaki reposan en la playa y que atraen a un número importante de turistas al cabo del año.

Mientras recorríamos los casi 20.000 Kilómetros que separan Londres de Auckland, dentro de aquel Boeing 777 de Air New Zealand, y mientras matábamos el tiempo leyendo su leyenda en las diferentes guías que traíamos en nuestro equipaje de mano… no podíamos ni imaginar lo rápido que nuestras “antípodas” iban a comenzar a sorprendernos…

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