Una deuda pendiente…Aotearoa (II)

Poco o nada sabíamos de Nueva Zelanda. Sabíamos que había sido una colonia británica, que está en nuestras antípodas, que sabían algo sobre jugar al rugby y sobre navegar a vela, que sus símbolos son el helecho y un pájaro que sospechosamente se parece a un kiwi, que en sus agresteskiwi_animal paisajes se habían rodado las tres “pelis” del “Señor de los anillos”, algo sobre sus orígenes y leyendas… y que suelen agasajar a sus adversarios, con los que se enfrentan, con una danza un tanto agresiva y primitiva que llaman: haka… y poco más.

Durante el tiempo que dedicamos a preparar aquella aventura… aquel viaje… al que también yo llegué a llamar: “El viaje nunca soñado” (1)… pudimos aprender del cuidado, casi obsesivo, que ponían los propios neozelandeses en conservar su patrimonio natural y ecológico. Un patrimonio que ellos mismos habían puesto en peligro a lo largo de su historia, muchas especies habían desaparecido a manos de los ancestros de los actuales kiwis”, como una especie de avestruz que llamaban “Moa. Un patrimonio compuesto, en su mayoría, por especies endémicas de aquella tierras y fruto de un equilibrio de factores que lo hacían realidad, un equilibrio tremendamente inestable que se podría ver alterado con la introducción de nuevas especies en su ecuación. En esta línea de conservar el aislamiento de su ecosistema, una de las primeras recomendaciones, que aparecía en todas las guías, consistía en no introducir ningún tipo de alimento desde el exterior de forma “incontrolada”. Por ello repetían una y otra vez que, una vez abandonado el avión, debíamos depositar todos los alimentos que no se hubieran consumido durante la travesía en los containers habilitados al efecto en la zona de desembarco del aeropuerto.

Después de 25 interminables horas de vuelo y una escala de apenas 3 en Hong-Kong llegamos al aeropuerto de Auckland a eso de media mañana. Mientras esperábamos pacientemente que aquel descomunal pájaro de metal y plástico terminara de vomitar a todas las personas que había llevado en su seno hasta allí… nos enfrascamos en la tarea de revisar nuestros equipajes de mano y agrupar en una sola bolsa todos aquellos alimentos que nos habían sobrado para cumplir respetuosamente aquello que habíamos aprendido en las guías. Así que, diligentemente, salimos de aquel Boeing 777, buscamos un contenedor de aquéllos, depositamos la bolsa que habíamos preparado, y satisfechos sabedores del deber cumplido, nos dirigimos a la zona de recogida de equipajes para comenzar nuestro periplo por NZ.

Llegamos a la cinta transportadora que nos debía devolver aquellos mismos bultos que habíamos entregado en Londres y nos dispusimos a esperar su llegada. Después de unos interminables minutos, aquel ingenio comenzó a moverse y fue entonces cuando entró en escena un pequeño perrito como aquél que aparecía en los anuncios de zapatos de marca Hush Puppies. UnoPerro_Basset de esos bajitos pero alargados, con patas pequeñas pero fuertes, con unos ojos tristes pero inteligentes y unas orejas largas que caen hasta más abajo del cuello. Esos perros tipo peluche, simpáticos y agradables, a los que gusta achuchar a niños y mayores… un Basset Hound. El perrito en cuestión parecía ir solo y bagabundeaba a su antojo por aquellos andurriales. Parecía un lugar extraño por el que pasear, más que nada por lo restringido de su acceso, pero a nadie parecía llamarle la atención y podía pertenecer a algún viajero que sin duda le estaría buscando desesperadamente. Se fue acercando poco a poco, despistadamente hasta que le dio por pararse a mi lado. Al principio se mantuvo de pié pero no tardó en acomodarse. No emitió ni el más mínimo sonido y solamente me lanzó una mirada de soslayo en el momento de tumbarse. Pasaron unos cuantos minutos y la escena se mantuvo sin variación alguna: la cinta transportadora moviéndose, turistas recogiendo sus equipajes, nosotros pendientes de los nuestros que no acababan de aparecer y el perrito tumbado a nuestro lado ensimismado en sus asuntos… incluso empecé a pensar que ante la adversidad de haber perdido a su legítimo dueño había decidido adoptarnos a nosotros para suplirlo. A nosotros, precisamente a nosotros, entre los cientos de miles de personas que pasaban a diario frente a aquella cinta… Seguro que se había dado cuenta, con ese sexto sentido perruno que tienen todos los canes y que les permite percibir cosas que nosotros no percibimos y que nacen en el fondo de nuestros corazones, que éramos merecedores de semejante honor. Debo confesar que mi ego se vio tremendamente confortado y que incluso llegué a barajar algún nombre que le fuera a encajar bien. “Orejotas” era el que parecía venirle mejor, era cariñoso y los pabellones auditivos a los que hacía referencia constituían una de las señas de identidad que más y mejor le caracterizaban. “Orejotas, entonces”, me repetí a mí mismo.

Justo entonces apareció en escena un fornido policía. Alto, rubio y con unas espaldas tan anchas como intenso el azul marino de su uniforme. Al igual que “Orejotas” parecía deambular sin rumbo fijo y, al igual que a “Orejotas”, le dio por pararse a nuestro lado. Otro largo rato sin novedad alguna: la cinta transportadora moviéndose, turistas recogiendo sus equipajes, nosotros pendientes de los nuestros que no acababan de aparecer, el perrito tumbado a nuestro lado ensimismado en sus asuntos y el policía a su vera, mirando al frente y sin mediar palabra. En una de estas, cuando parecía que tendríamos que adoptar también al señor policía, éste se giró y nos recordó, en un perfecto inglés de Auckland, que estaba prohibido introducir en el país alimento alguno. Nosotros, con un perfecto inglés de Bakio, le explicamos que ya lo sabíamos, que lo entendíamos, que lo compartíamos y que habíamos cumplido con el requisito de abandonar los que habíamos traído en el primer contenedor que habíamos encontrado a la salida del “finger”. Él, el policía, lejos de quedarse conforme con nuestra categórica afirmación, siguió insistiendo en el asunto y nos pidió permiso para revisar nuestro equipaje de mano para asegurarse de que hacíamos lo correcto. Nosotros le dijimos que no teníamos inconveniente alguno y que le asegurábamos quelogo_ANZ habíamos cumplido a rajatabla aquel precepto. Él, mientras tanto, abría mi mochila y con gran cuidado y cariño iba escudriñando todos y cada uno de sus compartimentos… hasta que detuvo su mano y sacó un paquetito envuelto en una servilleta de papel de esas que te dan en los aviones y en la que se podría apreciar un pedazo del logotipo de Air New Zealand. Lo abrió y apareció una de esas napolitanas de bocado que te dan en los “coffee break” de todos los congresos profesionales del mundo… y también en algunas líneas aéreas como ANZ.

Unos pocos segundos inundados de un tenso silencio siguieron al hallazgo. El policía nos miró con condescendencia y un toque de superioridad un algo entre “te lo dije” y “chúpate esa, os he pillado”.

Nosotros nos apresuramos a asegurar, o mejor a balbucear, que había sido un error involuntario. Al tiempo, nuestras mejillas iban adquiriendo un color rojo cada vez más intenso a medida que nuestra explicación de lo ocurrido y la defensa sobre nuestro férreo civismo y nuestro ecologismo se iba haciendo más atropellada, caótica e infructuosa.

Mientras, “Orejotas” asistía impasible a aquella escena y parecía más interesado en seguir el recorrido de las maletas sobre la cinta transportadora que en lo que ocurría a su alrededor.

El policía, viendo el tono de rojo que estaban alcanzando nuestras mejillas, decidió apiadarse y abandonar su aire de “te he pillado” e intentó quitar hierro al asunto explicando que este tipo de situaciones eran muy habituales, que pasaban en las mejores familias y que no tenían la menor importancia mientras nos señalaba la papelera más cercana.

Al final el policía siguió con su ronda seguido de “Orejotas”… que ni se había perdido de su dueño, ni tenía aquel supuesto sexto sentido perruno, ni nos había adoptado y que, por el contrario, sí era un fiel y concienzudo perro policía especializado en encontrar sustancias no autorizadas… desde drogas y explosivos hasta napolitanas de chocolate.

Ellos se fueron y yo me quedé con el encarnado sofocón en mis mejillas y mi ego un tanto magullado al haberme sentido “especial” y haber osado pensar en haber sido el elegido por “Orejotas” como su nuevo dueño…

Así comenzó nuestro periplo por NZ y sin tan siquiera salir de área de llegadas internacionales del aeropuerto. Pero, tal y como dice “Super Ratón” en la carátula de sus viejas historietas televisivas: “… No se vayan todavía que aún hay más…” porque no iba a pasar mucho tiempo antes de un nuevo episodio en el que NZ nos iba a volver a sorprender…

(1) El término “El viaje nunca soñado” lo acuñó mi aitite Alejandro cuando, invitado por su hijo, mi tío, Sabin y junto a su esposa, mi amama, Esperanza recorrió la costa este de Estados Unidos de América y gran parte de Europa Occidental en un largo periplo que duró varios meses. En una época en la que viajar era algo excepcional y sobre todo para una pareja de bakiotarras, que contaban con su luna de miel en Mallorca como viaje estrella en su currículo “viajeril”.

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