Nkosi, sikelel’ i Afrika (I)

Estoy triste… Ya hace casi un mes y medio que murió el preso 466/64 de la prisión de Robben Island. Algunos le llamaban “padre de la nueva Sudáfrica”, otros Madiba,Tata o simplemente Nelson, aunque la mayoría se refería a él por su apellido: Mandela. Mucho se ha escrito sobre él a lo largo de los últimos 50 años desde su detención y condena, acusado de sabotaje entre otros cargos, y mucho más en las últimas fechas desde su muerte.

Algunas de esas intervenciones se han centrado en relatar “susedidos” o anécdotas sobre su vida, describir rasgos de su personalidad como: carisma, empatía y humanidad o grandes citas o frases que nos ha ido dejando, como si con ellas nos quisiera ir marcando el camino a modo de aquellas miguitas de Pulgarcito. Alguna que otra más cinematográfica como la maravillosa “Invictus” de mis queridos Morgan Freeman y Clint Eastwood de la que ya comentamos61396-Mandela alguna cosilla en un post anterior a través del poema de Henley que le da título y sentido. Y algunas pocas, las más desafortunadas a mi parecer, lanzadas con la idea de encaramarse a la ola-Mandela y surfear en su lomo para alcanzar el beneficio propio de una forma un tanto más que cuestionable.

Así pues, no es mi intención seguir la linea de las disertaciones que me han precedido y me seguirán sobre el tema y sin embargo…

Estoy triste… Con su desaparición nos hemos quedado huérfanos de una estirpe de personas que durante el pasado siglo XX habían dedicado su energía, aliento e inteligencia a soñar y a construir un mundo mejor, un mundo más humano, un mundo creado por y para las personas en igualdad, convivencia y paz, un mundo más ajustado a la dimensión del ser humano y menos a la de los grandes lobbies, sea cual fuere su carta de naturaleza. La lista de nombres en esta estirpe es larga… nombres como: Albert Einstein, Madre Teresa de Calcuta, Mahatma Gandhi, Martin Luther King, Dalai Lama, Salvador Allende, Victor Jara, Juan XXIII, Edmund Hillary, Olof Palme, Fridtjof Nansen… cada uno con sus propias características e idiosincrasia, y aunque la dimensión de dicha lista debería alentarnos y empujarnos al optimismo… lo cierto es que la mayoría de los hombre y mujeres que la integran ya han precedido a Madiba en su camino y pocos siguen poblado el mundo de los vivos… y por si fuera poco… no están de moda.

Tengo que confesar que al conocer el fallecimiento de Mandela, la madrugada del pasado 5 de diciembre y algunas horas antes que de llenara los titulares de los periódicos de todo el mundo, mi primera sensación fue de pesar y nostalgia. Una sensación que se fue anudando alrededor de mi garganta, como si fuera una imaginaria bufanda que se iba tensando y centrando su empeño en no dejarme respirar, al tiempo de hacer crecer una angustia que me llevó a un episodio de llanto desconsolado.

Llegado este punto… más de uno estará pensando que mi reacción podría ser un tanto exagerada. Al fin y al cabo nunca he estado en Sudáfrica, el ANC, el partido de Madiba, nunca ha tenido presencia en nuestro querido herrialde ni sus actos han tenido consecuencia directa en nuestra pequeña historia, aunque una persona de su calado podría habernos venido bien en determinados episodios de la misma. Y estarían en lo cierto si no fuera por un episodio en mi vida que apenas llegó a cambiarme por fuera, pero sí supuso un cambio drástico en mis valores y convicciones… en mi interior.

Corría el otoño del año del Señor de 1989; hasta entonces Mandela, ANC, el apartheid y Sudáfrica no suponían más que que un lejano rumor que a veces parecía medio escondido entre las noticias de internacional de los periódicos y su lectura no me provocaba nada más allá de la curiosidad de un joven por países y culturas lejanas, pero sin ninguna vinculación emocional con ellos.

Por aquel entonces terminamos la carrera e inauguraron un proyecto de intercambio de postlicenciados dentro de la UE, llamado Commet. Como buenos jóvenes, ávidos de aventuras y nuevas experiencias, y buenos informáticos, ávidos de visitar eso que ahora se llaman centros de excelencia tecnológica, muchos nos apuntamos a aquel programa. Todos o casi todos, yo incluido, teníamos nuestros ojos fijos en países como Alemania, Reino Unido, Francia… Países que olían a tecnología puntera y a futuro. Una tarde de septiembre, recibí una llamada de teléfono… en el fijo de casa porque lo de los móviles era ciencia-ficción, ofreciéndome una beca de intercambio Commet para ir 6 meses a… LISBOA!!!!

LISBOA!!! Una ciudad y un país que olían a todo menos a futuro y a tecnología… Y además… qué sabía yo de Portugal? No había oído a nadie “falar” portugués, nunca había pisado suelo luso, algo conocía sobre su historia allá por el medioevo, en época de los Reyes Católicos, los grandes lisboadescubrimientos y el engaño, perdón… Tratado, de Tordesillas. También sabía que Angola había sido colonia portuguesa porque una prima de mi ama había ido allí a vivir después de haberse casado con un lisboeta. Y también sabía que hacían toallas, albornoces y trapos de cocina estampados con dibujos de gallos… No parecía un bagaje demasiado boyante para tratarse de un país tan cercano en lo geográfico e histórico pero tan lejano en lo demás. Después de llevar un tiempo allí mis amigos portugueses me confesaron que cuando se querían referir a España y a los españoles utilizaban la expresión: “Nosso queridos irmãos”… “nuestros queridos hermanos”… una mezcla de ironía y rencor que refleja bien las relaciones hispano-lusas.

Me imagino la escena: La chica encargada de gestionar aquellas becas, con la lista de candidatos en una mano, el auricular encajado entre la oreja y el hombro y marcando los teléfonos con la que le quedaba libre. También me imagino la conversación:

  • Hola, te llamo del programa Commet”, decía ella a modo de presentación.

  • Sí, sí. Hola, estupendo!!!”, respondía alguien al otro lado del hilo.

  • El caso es que tenemos una plaza libre que podría encajar bien con tu perfil”, planteaba ella intentando ser convincente.

  • Magnífico. Muchas gracias… y a dónde es?”, respondía el ilusionado “futuro-euro-becario”

  • En el ISQ de Lisboa”, respondía ella

  • ISQ? Lisboa?… pero yo había solicitado… Dinamarca”, el tono de la respuesta ya no sonaba tan ilusionado

  • Ya pero… No disponemos de plazas que ofertar en Dinamarca en estos momentos… Si no estás interesado te podemos volver a poner en la lista de espera”, proponía ella.

  • Vale, esperaré entonces. Muchas gracias”, el tono ya sonaba a desilusión.

Fin de la conversación. En mi caso fue parecida, pero varió únicamente en la última frase. Μientras escuchaba eso de: “… plazas que ofertar en Dinamarca…”, pensé: “Mi danés es escaso o inexistente, mi inglés me permite sobrevivir pero sin ningún titulo que lo avale, mi expediente académico es discreto y la lista de espera para Dinamarca se me antoja más larga que la muralla china… Y qué me resulta más importante: la experiencia en valor absoluto o que el destino sea Dinamarca? La respuesta surgió de forma rápida, inmediata y rotunda… Me voy a Lisboa”.

Reuní los arrestos de valor que tenía, compré una guía de conversación portugués-español, metí mi ropa en una maleta, la cámara de fotos y los tres tomos del “Señor de los Anillos” en la mochila y para allí me fui.

Llegué un domingo y al día siguiente me incorporé a mi nuevo puesto de beca-trabajo en el ISQ (Instituto de Soldadura y Calidad). Típico día de presentaciones, sonrisas y “bicas” de bienvenida. El ISQ de entonces, nada que ver con el actual, no era más que una pequeña nave industrial a las afueras delogoIsq Oeriras que contaba con un par de máquinas de corte por láser y varios despachos en medio de la planta hechos de paneles prefabricados. Me plantaron delante de uno de ellos, abrieron su puerta y me invitaron a entrar. Apenas había espacio para una mesa y un par de sillas y disponía de un pequeño ventanuco y un flexo como única iluminación. Sentada tras la mesa trabajaba una persona blanca y tras de sí, pegada a la pared, una gran foto impresa en hoja de periódico con la cara de un hombre de color en el centro. La persona, un hombre joven, pelirrojo y espigado resultó ser Peter, el hombre de color de la foto resultó ser Nelson Mandela y la hoja de periódico recogía un artículo que relataba diferentes actuaciones civiles y pacíficas que reclamaban la liberación del líder del ANC. Mi amigo Peter había nacido en Johannesburgo y aunque mantenía su corazón sudafricano, había tenido que renunciar a su pasaporte en favor de uno británico ya que el primero no valía ni el papel en el que estaba escrito. Era militante del ANC en activo y también luchaba, desde su exilio, por la liberación de Madiba. (Sigue…)

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