Princesas vs. Brujas

Los chicos y chicas de Nescafé se empeñan en recordarnos, a través de su último anuncio, que la felicidad en estado puro no existe y que no es más que el sumatorio de pequeños momentos felices de los que disfrutamos día a día. Muchos otros, antes que Nescafé y un servidor, han dedicado su tiempo, su esfuerzo y sus neuronas a explicarnos una y otra vez la importancia de esos “momenticos”, a recomendarnos saborearlos y atesorarlos como si fueran orofelicidad en paño. Basta con preguntarle a Don Google sobre la palabra “felicidad” y dedicar las siguientes 50 horas a revisar los casi 6,5 millones de referencias sobre el asunto. Así que nada de un post grandilocuente que engorde esos seis millones y pico que ya hablan sobre el tema, sino uno que me permita compartir uno de esos “momenticos” con el que nos obsequia, cada mañana, nuestra “Edurne Zuri” particular.

Los días de “ikastola”, a eso de las 8 de la mañana, comienza la liturgia de levantar a Iratitxu. Entramos en la habitación de una forma un tanto sigilosa y casi de puntillas para no causarle sobre-salto alguno y que no se despierte de golpe. Nos vamos acercando con calma hasta la ventana y comenzamos a levantar la persiana con el mismo cuidado y sigilo con el que hemos comenzado la maniobra. Poco a poco cobramos su cinta hasta que la habitación se encuentra iluminada, pero sin que los rayos de sol incidan directamente en su carita e incomoden el despertar de nuestra princesa; y luego nos vamos acercando, al mismo ritmo, hacia su cama.

A veces me siento a su lado y la observo, en silencio, mientras la luz va despertándola poco a poco como si de una flor de azafrán se tratara. Ella comienza a emitir un ligero ronroneo mientra se acerca a los labios el vestido de Panpi, su muñeca preferida. Poco a poco, los ronroneos van cobrando una mayor intensidad y se van acompañando de movimientos de rotación tipo rodillo ventral. Va dando vueltas y vueltas recorriendo su cama de un lado a otro… hasta que se para de golpe. Se sienta de un salto, se atusa el pelo, se lo aparta de la cara y lanza una mirada alrededor. Cuando su mirada se cruza con la mía, se queda parada y no dice nada… Ella me mira, yo la miro pero no nos decimos nada. Después de un instante de intercambio, esboza una pequeña, casi imperceptible sonrisa y se vuelve a tumbar en la cama. Esta vez lo hace boca arriba, de “Decúbito Supino” que llaman, y se estira todo a lo largo de su cuerpo poniendo todos y cada uno de sus músculos en tensión, como si fuera una tabla de surf pero sin eliminar esa micro-sonrisa de su boca, y espera.

Como cualquier princesa que se precie, y tal y como mandan los cánones de conducta principescos, sabe que la única forma de despertarse es mediante un beso de amor de su príncipe particular. De momento, lo más parecido a un príncipe soy yo, aunque reconozco que cualquier día de estos aparecerá cualquier “pelandrusco” y me sustituirá sin remedio… pero de momento… ese soy yo. Ella es pequeña, pero no tiene un pelo de tonta, y disfruta de una importante vena innovadora… así que ha introducido una pequeña variación abeso_banca_nieves la tradicional escena de princesa-dormida-príncipe-beso-princesa despierta-comieron perdices y tal y tal. A ella no le vale con un solo beso de amor, ella sólo se despierta a cambio de CINCO besos!!! Miedo me da cuando realmente sea consciente del valor de sus besos y la potente arma que pueden suponer frente al real “sexo débil”… o sea, el masculino.

El caso es que ella queda inmóvil, a la espera. Yo me acerco poco a poco, con aire distraído, como si no la hubiera visto, mientras le digo algo a sí como:

Quién anda por aquí? Soy el príncipe azul y voy paseando por el bosque”

A medida que me voy acercando, su sonrisilla crece de forma inversamente proporcional a la distancia que nos separa. Me inclino, la beso 5 veces en la frente y se deja coger en brazos tal y como lo haría un príncipe o un marido recién casado para entrar a su joven y recién estrenada esposa en su nueva casa en una película de serie B. Ahí termina la liturgia de despertar y empieza otra de un tinte muy diferente… y cuya meta es llegar a tiempo a la “ikas”.

El caso es que un día de la semana pasada, toda la liturgia se desarrolló sin sobresaltos y según dictaba el guión preestablecido… hasta que llegó el momento de cogerla en brazos. Me agaché para sacarla de la cama y ella se zafó como si se tratara de un luchador de pressing-catch. Se sentó de golpe, se apartó el pelo de la cara, me miró fijamente y sin anestesia ni nada, a bocajarro, me preguntó:

Pero… Aita… Por qué existen las brujas?”

El silencio se hizo entre nosotros y nos quedamos mirando. Otras veces también nos habíamos visto en aquella situación, pero esta vez era diferente. No era un silencio amable ni las miradas eran cómplices. La suya dibujaba un interrogante en su cara y la mía reflejaba un claro: “… me has pillado, y ahora qué te contesto…”. Después de unos segundos, que a mí me parecieron interminables, comencé mi respuesta con un socorrido: “… Buena pregunta…”, intentando romper aquel incómodo silencio y ganar unos instantes mientras mis neuronas iban armando un argumentario que respondiera a Iratitxu. Lo cierto es que no consiguieron armar nada convincente que contestar y me volví a quedar en blanco.

Poco a poco las palabras volvieron a brotar de mi boca e intenté estructurar mi explicación sobre la existencia del bien y del mal. Que para que haya bien hace falta que haya mal, que si el Ying, que si el Yang, que si las fuerzas de acción y reacción, que si lo que sube baja… y además en un idioma accesible a un ser de su edad y características. Sí, reconozco que me metí en un terreno empantanado del que resultaba muy difícil salir, y más de forma convincente a los ojos de una niña de casi 4 años. Y lo peor… era que su mirada estaba mutando del “interrogante inicial” a un “no entiendo nada de lo que me estás diciendo”. En un punto en el que estaba a punto de hacer referencia al taoísmo y a la dualidad del universo… Iratitxu me interrumpió:

Sí, pero… sabes por qué existen las brujas?”

Aquello ya no era una pregunta, era más bien un “espera, que te lo voy a explicar yo”. La miré y le respondí con un lacónico: “… no, por qué?”. Ella se recostó sobre el cabecero de su cama y puso en su cara esa expresión de superioridad que utilizan aquellas personas que se saben dueñas de la respuesta correcta y de una buena parte de su verdad. Yo me volví a sentar en nuestra cama a la espera de su respuesta con un sentimiento a medio camino entre la curiosidad y la frustración. Curiosidad por conocer su repuesta y el razonamiento que la había llevado a la misma; y frustración por no haber sido capaz de contestar semejante pregunta de forma efectiva y convincente.

Su respuesta se hizo esperar unos “segundicos”…

Aita, pues las brujas existen porque alguien tiene que llevar la manzana a Blanca Nieves!!!!”

Bruja_blanca_nieves_manzana2

Mi primera reacción fue espetarla con algo del tipo: “… pues eso, eso es exactamente lo que llevo intentando explicarte durante los últimos 10 minutos… Que para que haya bien hace falta que haya mal, que si el Ying, que si el Yang, que si las fuerzas de acción y reacción, que si lo que sube baja… que si el taoísmo y a la dualidad del universo…”. Pero me callé antes de comenzar mi alegato. Al fin y al cabo, su respuesta era más brillante, más redonda, más sencilla, más clara y más certera que la mía… era simplemente MEJOR. Así que cambié el gesto de contraataque por una sonrisa de complicidad. Me agaché, la estreché en mis brazos, la besé en la frente y le dije que la quería mientras no podía, ni quería en realidad, evitar cierto sentimiento de orgullo paterno, y comenzamos la otra liturgia para llegar a tiempo a la “ikas”.

Desde entonces, y cada vez que me dirige una mirada de esas tipo interrogante, me tiemblan las canillas mientras me agarro a lo primero que pillo para poder aguantar la envestida de su próxima pregunta.

Y vosotras/os… qué le hubierais respondido a Iratitxu?

Pero… Por qué existen las brujas?

PD: Os dejo con un post sobre los 10 besos más famosos de la historia… yo echo de menos el que Rhett Butler propinó a Scarlett O’Hara en “Lo que el viento se llevó” y aquel con el que Judas Iscariote vendió a Jesús de Nazaret después de la última cena y mientras oraba en el huerto de Getsemaní. Alguno más?

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