“Miguelón”, el primer montañero burgalés

Cuando el autor me propuso escribir una ventana para incorporar en su nueva guía sobre los montes de Burgos, dos interrogantes surgieron en mi cabeza: ¿montes? ¿Burgos?…

He de confesar mi desconocimiento sobre los mismos, un desconocimiento bastante arraigado entre los montañeros de nuestra zona, quizás porque una vez que ya hemos recorrido nuestras propias montañas y comenzamos a prestar atención a otras nuevas fuera de nuestro entorno, nos dirigimos tímidamente al oeste hasta recalar en los Picos de Europa y realizamos una rápida virada en redondo para encaminar nuestro pasos hacia el este: Pirineos, Alpes, Cáucaso, Himalaya… siempre hacia el este.

Su propuesta me hizo recordar una excursión montañera que realicé junto a mis compañeros en estas lides hace ya bastantes solsticios. Un “sucedido” que nos subraya que, a pesar de que la palabra “Burgos” no aparezcan en los primeros puestos de los rankings del panorama alpinístico actual, sí ha tenido un gran peso, en dimensión mundial, en sus orígenes más primigenios.

A principios de los 90, buscando nuevas metas que alcanzar, nuevos montes que subir y nuevas gentes que conocer, dirigimos nuestros pasos hacia una modesta cumbre: San Vicente (1.085 m). Después de un largo y caluroso día de montañismo y con la idea de dar la jornada por terminada y completar el ritual con ese momento mágico y altamente satisfactorio en el que nos quitamos las botas, dimos con nuestros huesos con el extremo norte de una trinchera excavada en el terreno. Una trinchera que resultó ser un fósil de la era industrial y que iba a ser parte del trazado del malogrado tren liderado por la “The Sierra Company Limited” que debería unir las minas de la Sierra de la Demanda con los altos hornos vizcaínos. Expoliados por nuestra curiosidad, decidimos retrasar aquel ritual con el que terminábamos nuestras excursiones, y adentrarnos en aquella cicatriz.Homo-heidelbergensis Poco a poco, a medida que nos íbamos adentrando en la trinchera, nos empezamos a dar cuenta de que aquello que nosotros habíamos tomado por un neo-fósil de la incipiente era industrial… en realidad estaba lleno de otros fósiles que, aunque de dimensiones más modestas, sí parecían mucho más antiguos y valiosos. Fósiles antiguos que alguien se estaba tomando el arduo y laborioso trabajo de localizar, etiquetar… de estudiar a fondo y en conciencia. Seguimos avanzando, observando con detenimiento pero con las manos en los bolsillos sin tocar nada, mientras nuestro asombro y curiosidad iban en aumento, hasta que nos dimos de bruces contra una puerta metálica de color verde que nos impedía salir.

Mientras intentábamos averiguar la forma de superar aquel obstáculo para seguir nuestro camino, de repente y como por arte de birlibirloque, un hombre apareció de la nada. Se acercaba hacia nosotros mientras realizaba todo tipo de aspavientos y nos obsequiaba con un chorro incesante de improperios que apenas conseguíamos entender. Cuando llegó a nuestra altura, entre jadeos y sofocos, nos explicó que aquélla era una zona de acceso restringido de alta seguridad, que no deberíamos haber saltado la valla y que nos exponíamos a una sanción ejemplar. Nosotros le explicamos que nada más lejos de nuestra intención, que habíamos disfrutado de un día de montaña y que casualmente habíamos topado con aquella trinchera y que la habíamos recorrido con tanto interés como respeto. Nuestras aclaraciones acabaron por aplacar y convencer a nuestro interlocutor, quien nos explicó que aquél era un yacimiento arqueológico de primer nivel y que él era el encargado de la seguridad del mismo. El entuerto terminó con una visita guiada a la trinchera de Atapuerca ilustrada con todo tipo de detalles y sucedidos. Después de dos horas, muy muy cortas, nos despedimos efusivamente.

Al poco tiempo leímos en la prensa que habían encontrado un cráneo de un tal Homo heidelbergensis al que denominaron como cráneo número 5, o más comúnmente como “Miguelón” en honor a un ciclista que en aquel año ganaba su segundo Tour de Francia y su primer Giro de Italia.

A lo largo de los años, tanto el yacimiento de Atapuerca como Miguel Indurain fueron ampliando el peso y el prestigio en sus respectivos ámbitos hasta alcanzar el título de Patrimonio de la Humanidad el primero y los 5 Tours, 3 Giros, Medalla de oro olímpica… hasta convertirse en uno de los mejores ciclistas de la historia el segundo.

Lo cierto es que a pesar de que Burgos no aparezca en las primeras posiciones del ranking alpinístico actual… Sí se encuentra inscrita, con letras de oro, en su historia como uno de sus precursores más primigenios. Si Miguelón viviera entre nosotros y aunque sus motivos para deambular por las montañas de Burgos fueran diferentes a los de la actualidad… sería un montañero de primer nivel, ecológico, sostenible, respetuoso con el medio ambiente… en definitiva, en una simbiosis perfecta con el medio natural en el que vivió.

Vicente Soler y Gorka Ochandiano

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