Manos… de Julio Villar

Esta vez… os traigo historias de otros pequeños… Esta vez… una historia de uno de los pequeños más pequeño y más enorme que conozco… Un pequeño con el que tengo la fortuna y el privilegio de compartir amistad, caminos, velas, viento y tenedor… Julio Villar. Ya hablamos hace tiempo de un curioso grupo de amigos que me “adoptó” ya hace casi 14 años, al que pertenece Julio también, y que me han enseñado el significado de palabras como paciencia, humildad, amistad, generosidad… y a disfrutar de un buen camino, una buena singladura o una buena comida en cualquier montaña, en cualquier mar o ante cualquier mantel.

El artículo en cuestión se publicó en el último número de la revista “errimaia” de la mano del Club Vasco de Camping. Para ellos, y para el propio Julio, mi cariño y agradecimiento por permitirme compartir con vosotros este estupendo artículo.

Os dejo en las manos de Julio…

ManosHe encontrado la foto y me he puesto a escribir. Alguien la tomó una tarde después de un día feliz. Fue bajo el Gran Barbat, en los Pirineos, hacía frío y nos queríamos calentar. La niebla era densa y mojaba, teníamos la cabeza llena de perlas de agua. Estábamos contentos… y cansados. Respirábamos la vida, nos sorbíamos los mocos. Éramos como niños. Nuestras manos, después de una semana de dormir en cualquier sitio, estaban cubiertas por una pátina de humo, resina y recuerdos de especias, además de otros muchos aromas, más íntimos, difíciles de definir. Nadie nos decía: ¡lávate las manos! Encendimos una hoguera.

Las manos… Sólo algunos pintores les dieron importancia. Podrían ser dos islas de ensenadas ambarinas veteadas por el curso azulado y generoso de las venas. Mirándolas bien, yo me imagino unas raíces buscando una tierra fértil donde encontrar alimento.

Cálidas y fuertes, son mi paisaje más querido, inmediato, cotidiano, familiar. Lo primero que ven mis ojos cuando los abro. Paisaje y herramienta. Morenas, ni grandes ni pequeñas, surcadas de líneas que hablan de la vida y el destino.

Delante de mí siempre están ellas, ayudándome a vivir, ayudándome a ser yo. Abriéndome el camino, desbrozando el futuro con facilidad y destreza. Limpias, atentas, mellizas, compenetradas y cómplices, pero también independientes, ellas son testigo y artífices de mi pequeña historia. Esculpidas para la caricia y el abrazo, activas, silenciosas, diestras y discretas, ellas fueron mis principales colaboradoras en aquellos titubeantes días de mi infancia y de mi ya lejana adolescencia.

Hubo de todo en aquella geografía móvil, vital y cambiante. Todo lo conocieron. Todo lo tocaron. Todo lo tantearon. Nada les fue ajeno o extraño.

Mis manos rápidas, valientes, pícaras, traviesas, algo tienen de salvaje y animal. Con ellas lo he aprendido todo. Hicieron lo que les pedí, sin esperar nada a cambio. Mis manos siempre mías, calladas, tibias, sabias. Por ellas fluye todo lo que he visto. Todo lo que he oído. Todo lo que sé, alegría, tristeza, timidez, osadía…  

Amigas, ellas me han acompañado en los mejores momentos de mi vida, acercándome a la boca agua y alimentos… y también, más de una vez –que de todo hay en la vida–, me han servido para secar mis lagrimones. 

Nunca calculadoras, siempre despiertas, ellas saben sugerir, amagar, esbozar… Sin ellas, ¿qué hubiera hecho yo?

Mis manos, que se han agarrado a la áspera roca, que han sufrido la mordedura del hielo, que han tirado de cabos, remado entre las olas, podado árboles, recolectado fruta, ellas que me han llevado hasta cumbres de difíciles montañas y me han ayudado a arribar hasta lejanos archipiélagos. Ellas han sido precursoras de grandes fiestas… y de pequeñas aventuras. Exploradoras de rincones íntimos, ellas me han acercado al amor y a la ternura, tanteando, apenas rozando, delicados montes, allá donde nace la turbación y la vida. Mis manos, compañeras del alma, intérpretes de mis pensamientos, siempre nobles, siempre fieles.

Mis manos que han levantado castillos de arena en las playas, apilado leña, construido muros, moldeado pasteles… Mis manos, pájaros de la caricia que lo mismo manejan el cuchillo, el hacha, el sextante, el lápiz, el pincel, la piedra, la harina, la cerilla… que el enfado. Por ellas fluyen mis sentimientos y mis emociones más escondidos. Con ellas he ido lejos, muy lejos, hasta allí donde lo más cercano se confunde con el universo. 

Mis manos, tus manos, nuestras manos… índice, pulgar, anular…, aunque lo parezca, no todas son iguales. Hay manos fuertes, hay manos blandas, hay manos frías, hay manos sólidas, callosas, delicadas, dulces, ásperas, indolentes, vivas… Hay manos que atraen, que invitan al abrazo, pero también hay manos que producen rechazo y que dan miedo. Hay manos que cuando las estrechas te dicen cómo son las personas. 

Me fascinan las manos de los demás, las del cirujano, las del pianista, las del escalador, las de la mujer que en una jaima prepara el cuscús, las del carpintero que pule la madera y que encaja los tablones, las de la comadrona, que hacen milagros y ayudan a nacer a la vida, las de la madre que lo hacen todo, las del orfebre, las del hortelano… Las asombrosas manos de los sordomudos, que no sólo son hábiles, sino que, además, tienen el don de la palabra. Las manos son más hermosas cuando tienen un oficio. No me gustan las manos de aquellos que no han trabajado nunca. 

Las manos, desnudas, inocentes, algo más que un manojo de cinco dedos. Móviles, infatigables, bellas como continentes, exóticas y sorprendentes, en ellas veo a veces arroyos, meandros, lejanas cordilleras.

Pero, ya lo sé, no soy en nada un virtuoso, sólo soy una persona de la calle. No tengo un oficio definido, nunca supe lo que iba a ser de mayor. No soy un pianista, ni un cirujano, ni sé hacer filigranas ni juegos malabares, pero mis manos valen… todo el oro del mundo.

A veces escondidas en el fondo de mis bolsillos, a veces agarradas la una a la otra, allá por la parte baja de la espalda, a veces enfundadas en unos guantes de lana, mis manos nunca han dejado de ser tímidas. Por eso nadie las ve, nadie las mira, anónimas no buscan protagonismo, ni notoriedad, pero me sirven en la fascinante aventura de vivir.

Mis manos, hechas para el contacto y la alegría, se han hecho mayores, y ahora menos fuertes, más pellejudas, más relajadas, pero igual de curtidas, son como las hojas de un árbol otoñal, con su haz y su envés, su dorso y su palma, llenas de historias y de secretos viejos. ¡Ah, si mis manos hablaran!

Pero vuelvo a la foto, la foto de las manos que está en el origen de estas cuartillas… Aquel día, mi cazuela, la más grande, casi no dio abasto de tanta agua como hirvió. El fuego sacaba chispas. Fue una fiesta de humo y de burbujas. Pero todo era fácil. Teníamos al lado un lago inagotable, y alrededor abundante madera de enebro, muerto y seco. Nos retiramos a dormir tarde, con las cantimploras llenas de agua caliente, metidas en el saco, muy cerca de los pies. 

Aquella noche soñamos que seguíamos siendo niños.”

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Una respuesta a Manos… de Julio Villar

  1. Txomin Uriarte dijo:

    Gracias Gorka. Te ha salido una presentación estupenda. A ver si tenemos la suerte de que este año nos acompañe Julio en la excursión del Jota Apurtu por el Maestrazgo. Besarkada bat

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